De que las citas que 1938

A finales de la década de 1930, la revista Click Photo-Parade publicó una serie de recomendaciones para que las mujeres solteras fueron exitosas en el ligue.. No emborracharse. Según los estándares de 1938, las mujeres no debían beber pues «se volvían tontas».Además, pocas cosas eran peores que «terminar desmayada por el exceso de alcohol» y que «tu cita jamás volviera a llamar». Citas de palabras de san Josemaría en JOSÉ LUIS SORIA, Maestro de buen humor, Rialp, ... [Durante los primeros años 30 daba clases de catecismo. A una de las asistentes, que con el ... 8-VIII-1938 [En una carta de 1938 se puede leer una cariñosa reprimenda a los que vivían con él en Burgos, porque no comían lo suficiente:] Que no te atrape el dogma, que es vivir de lo que piensan otros. No dejes que el ruido que generan las opiniones de otros, no te permita escuchar tu propia voz interior. Y lo que mas importante aún, ten el coraje de seguir lo que tu corazón y tu propia intuición te indican. Ensayar, ensayar y ensayar. Hay que asegurar que siempre que haya un ... Lima . En el remoto año 1938 una revista publicó una serie de consejos para mujeres solitarias sobre cómo actuar en una cita que, aunque en algunos casos corresponden a directrices reconocidas ... va, que parte para llegar, y es como un azote de palomas que te pasa por la cara, por qué no tú, hay tantas bicicletas, tantas bolsas de viaje, las puertas de la ciudad están abiertas todavía, y escondes la cabeza en la almohada, acaso lloras. Porque, son cosas que se saben, la ruta del sur lleva a la muerte, Como podemos ver en estas fotografías que aparecen en este curioso manual de citas de 1938 la sociedad ha cambiado mucho. Aunque parece que en el tema de las citas no lo suficiente. En algunas de estas ilustraciones podemos llegar a leer cosas como estas: “No te muestres cariñoso con tu acompañante en público. “No hables sobre la ropa, y no trates de describir tu nuevo vestido a tu compañero . Complace y halaga a tu compañero hablando de lo que él quiere hablar.” Fuente:epicnesshunter. 6.Toda la atención tiene que centrarse en el hombre. “No te familiarices con el jefe de comedor, hablando de cómo te divertías con otra persona la última vez. Los colores tienen la capacidad de influenciar sobre los sentimientos y la conducta humana. De ahí a la importancia de escoger el color adecuado en el momento de llevar a cabo cualquier creación. Durante la historia han sido muchos los autores que han creado teorías sobre las propiedades y la influencia que ejercen los colores … MAS DE LAS MATAS, 1938: UN EPISODIO DE LUCHA ACORAZADA EN LA GUERRA DE ESPAÑA Juan José Oña Fernández publicado en Cazarabet Un documento de gran valor firmado por el comisario de la Brigada de Carros blindados del Ejército Popular ofrece sucintamente las vicisitudes de un enfrentamiento entre elementos acorazados (concretamente los que actualmente se… La medida tiene como fin reducir el ausentismo en las citas de consulta externa, el cual es de un 19%, según la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) por mes se pierden unas 3.095 citas de 16.250 programadas, la mayoría corresponden a pacientes que van por primera vez.

[2016] Victor Louro - A Floresta em Portugal. Um apelo à inquietação cívica

2018.02.09 02:56 AntonioMachado [2016] Victor Louro - A Floresta em Portugal. Um apelo à inquietação cívica

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Veja-se a dificuldade que os economistas têm de considerar os investimentos florestais, ou as seguradoras para considerarem os seguros florestais: os períodos de tempo em silvicultura são de tal modo diferentes daqueles a que estão habituados nas suas atividades, que dificilmente raciocinam em torno das suas bases económico-financeiras para as atividades florestais. Mas o mesmo se verifica com outras atividades aparentemente mais próximas da silvicultura, como a agronomia. (28 e 29)
as exportações da autoeuropa são inferiores às das indústrias florestais (contribuindo menos de metade para a totalidade das exportações nacionais) e são conseguidas com uma quantidade de bens de origem portuguesa 9 pontos percentuais abaixo do sector florestal. Sendo uma empresa de alta tecnologia e capital-intensivo, emprega apenas 2,6% do número de pessoas empregadas nas indústrias florestais.
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2016.06.04 13:59 ShaunaDorothy Sobre la política trotskista en la Segunda Guerra Mundial - Neomorenistas del PTS reviven la “Política Militar Proletaria” (Junio de 2012)

https://archive.is/cG8u0
Espartaco No. 35 Junio de 2012
La “Política Militar Proletaria” (PMP), propuesta originalmente por Trotsky en los últimos meses de su vida, era una serie de demandas centradas en la consigna por el “control sindical del entrenamiento militar”. Esta política, que despertó en aquel entonces controversia significativa entre quienes se reclamaban trotskistas, desempeñó un papel importante en desorientar a las pequeñas y a menudo aisladas secciones de la IV Internacional en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. La PMP no ha sido operativa desde alrededor de 1943, cuando quedó claro que los imperialistas aliados ganarían la guerra contra las potencias del Eje. Sin embargo, los neomorenistas del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) argentino la revivieron con la publicación de la antología Guerra y revolución: Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial (Buenos Aires: Ediciones CEIP “León Trotsky”, 2004), en cuya introducción presentan su propia defensa de la PMP. Nuestros lectores podrán encontrar un análisis altamente crítico de la PMP y considerablemente más extenso que el presente artículo en Prometheus Research Series No. 2, “Documents on the ‘Proletarian Military Policy’” (Documentos sobre la “Política Militar Proletaria”, 1989), que incluye una introducción elaborada por el Comité Ejecutivo Internacional de la LCI (entonces tendencia espartaquista internacional), así como documentos contemporáneos[1] y otros análisis críticos retrospectivos espartaquistas.
Debe ser algo distinto al profundo respeto por los anales del marxismo revolucionario lo que impulsa a los empedernidos oportunistas del PTS a revivir la PMP, una política que representó conciliación a la propaganda bélica de los imperialistas aliados y que se apartó del entendimiento leninista elemental del estado burgués como un aparato para la represión sistemática contra los obreros y oprimidos que no puede ser reformado, sino que debe ser destruido mediante la revolución proletaria y remplazado por un estado obrero.
Las implicaciones reformistas y socialpatriotas de la PMP no son, por supuesto, un problema para el PTS y sus compinches internacionales (la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional, cuya sección mexicana es la Liga de Trabajadores por el Socialismo, LTS), quienes exigen cotidianamente la “disolución de los cuerpos represivos” del estado, es decir, una petición al estado burgués a que se disuelva a sí mismo. De manera nada sorprendente, recientemente encontraron cauce para su adopción de la PMP en el contexto de la ola chovinista que azotó Argentina ante el XXX aniversario de la Guerra de las Malvinas/Falklands —una guerra reaccionaria por ambos bandos—, al exigir retrospectivamente que las organizaciones obreras impusieran la conscripción universal para ir a luchar, al mando del gorila Galtieri, por las escuálidas islas (ver artículo en p. 16). Precisamente por ser un vehículo que les permite dar rienda suelta a su acomodación a su “propia” burguesía, el PTS ve en la PMP “una teoría acabada de la revolución” cuya “perspectiva estratégica”, “programa” y “consignas” “eran mucho más maduras, e incluso superiores, a las de Lenin y los bolcheviques”.
“La guerra y la Cuarta Internacional”
En junio de 1934 Trotsky escribió “La guerra y la Cuarta Internacional”, un manifiesto sobre la inminente conflagración imperialista que desenmascaraba tajantemente las pretensiones “antifascistas” y “democráticas” de los imperialistas aliados con base en el derrotismo de Lenin. Salvo en lo referente a la defensa de la Unión Soviética, el proletariado no tenía interés en la guerra venidera, en la cual millones habrían de morir para que una u otra banda imperialista asegurara sus ganancias exorbitantes basadas en la explotación colonial. Extendiendo la política derrotista revolucionaria que guió a los bolcheviques durante la Primera Guerra Mundial y que empapa los documentos de los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista, Trotsky escribió:
“58. Cuando se trata de un conflicto entre países capitalistas, el proletariado de cualquiera de ellos se niega categóricamente a sacrificar sus intereses históricos, que en última instancia coinciden con los intereses de la nación y de la humanidad, en beneficio del triunfo militar de la burguesía. La fórmula de Lenin ‘La derrota es el mal menor’ no significa que lo sea la derrota del propio país respecto a la del país enemigo, sino que la derrota militar resultante del avance del movimiento revolucionario es infinitamente más beneficiosa para el proletariado y todo el pueblo que el triunfo militar garantizado por ‘la paz civil’. Karl Liebknecht planteó un lema hasta ahora no superado para la política proletaria en épocas de guerra: ‘El principal enemigo del pueblo está en su propio país’. La revolución proletaria triunfante superará los males provocados por la derrota y creará la garantía final contra futuras guerras y derrotas. Esta actitud dialéctica hacia la guerra constituye el elemento más importante de la educación revolucionaria y por lo tanto también de la lucha contra la guerra.
“59. La transformación de la guerra imperialista en guerra civil es el objetivo estratégico general al que se debe subordinar toda la política de un partido proletario”.
Ésta es la posición fundamental que los revolucionarios sostenemos en el caso de guerras reaccionarias.
Enfrentados en cuanto a la redivisión del mercado mundial, los imperialistas, tanto “democráticos” como fascistas, tenían, sin embargo, un objetivo clave en común: la destrucción de la URSS, el primer estado obrero del mundo, lo cual habría tenido consecuencias funestas para el proletariado mundial. En la víspera de la segunda guerra interimperialista, Trotsky temía que una catástrofe se aproximaba a la Unión Soviética, especialmente a la luz de los efectos desastrosos, evidentes en la secuela del pacto Hitler-Stalin, de la decapitación del Ejército Rojo perpetrada por Stalin en las purgas de los años 30. Correspondientemente, Trotsky añadió una sola cosa —ciertamente fundamental— al programa revolucionario elaborado durante la Primera Guerra Mundial: el deber del proletariado mundial de defender militarmente las conquistas de la Revolución de Octubre a pesar de la usurpación del poder político por parte de la casta burocrática encabezada por Stalin:
“8. ...Defender a la Unión Soviética de los ataques de los enemigos capitalistas, más allá de las circunstancias y causas inmediatas del conflicto, es obligación elemental de toda organización obrera honesta”.
El origen de la PMP
Sin embargo, en mayo de 1940, conforme los ejércitos de Hitler avanzaban por Bélgica y Holanda hacia París, Trotsky redactó un nuevo manifiesto sobre la guerra, el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, que fue adoptado por una conferencia de emergencia de la IV Internacional en Nueva York. En un pasaje cerca del final del manifiesto aparece por primera vez un nuevo elemento en el programa de la IV Internacional sobre la guerra imperialista:
“La militarización de las masas se intensifica día a día. Rechazamos la grotesca pretensión de evitar esta militarización con huecas protestas pacifistas. En la próxima etapa todos los grandes problemas se decidirán con las armas en la mano. Los obreros no deben tener miedo de las armas; por el contrario, tienen que aprender a usarlas. Los revolucionarios no se alejan del pueblo ni en la guerra ni en la paz. Un bolchevique trata no sólo de convertirse en el mejor sindicalista sino también en el mejor soldado.
“No queremos permitirle a la burguesía que lleve a los soldados sin entrenamiento o semientrenados a morir en el campo de batalla. Exigimos que el estado ofrezca inmediatamente a los obreros y a los desocupados la posibilidad de aprender a manejar el rifle, la granada de mano, el fusil, el cañón, el aeroplano, el submarino y los demás instrumentos de guerra. Hacen falta escuelas militares especiales estrechamente relacionadas con los sindicatos para que los obreros puedan transformarse en especialistas calificados en el arte militar, capaces de ocupar puestos de comandante”.
Estas oraciones son la primera expresión de lo que pasaría a conocerse como la “Política Militar Proletaria”. En septiembre, un mes después del asesinato de Trotsky a manos de un esbirro estalinista, el Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista), sección estadounidense de la IV Internacional, adoptó formalmente una resolución sobre la nueva política militar en una conferencia en Chicago:
“Luchamos contra el envío de obreros-soldados a la batalla sin entrenamiento y equipo apropiados. Nos oponemos a la dirección militar de los obreros-soldados por parte de oficiales burgueses que no tienen consideración alguna por su trato, su protección y sus vidas. Exigimos fondos federales para el entrenamiento militar de obreros y obreros-oficiales bajo el control de los sindicatos. ¿Expropiaciones militares? Sí, ¡pero sólo para el establecimiento y equipamiento de campos de entrenamiento obreros! ¿Entrenamiento militar obligatorio de los obreros? Sí, ¡pero sólo bajo el control de los sindicatos!”
El llamado del SWP equivale a alguna forma de “control obrero” del ejército burgués, lo cual es descaradamente utópico: el estado burgués no va a ceder el control del entrenamiento militar, ni ningún aspecto del ejército burgués, mediante la legislación. Como señaló en 1941 un miembro de la IV Internacional en Europa (ver PRS No. 2), el “control sindical de la defensa nacional” bajo el régimen burgués sólo puede instituirse en un sentido fascista o corporativista; de hecho, es muy significativo que la única federación sindical que adoptó el programa de la PMP durante la guerra fue nada menos que la CTM mexicana.
Trotsky y el SWP se equivocaron al tratar de plantear un conjunto de demandas positivas para la segunda guerra imperialista mundial en la ausencia de una situación revolucionaria. Llamar por el poder estatal proletario en medio de una situación potencialmente revolucionaria para emprender la defensa contra Hitler no es lo mismo que llamar por el “control sindical del entrenamiento militar” cuando es el estado burgués el que le hace la guerra a Hitler. Como regla general, los revolucionarios preferimos emplear demandas negativas respecto al estado burgués, pues éstas son el vehículo más poderoso para movilizar a las masas contra la burguesía. Como muestra el ejemplo del PTS, las demandas positivas a las instituciones centrales del estado capitalista —el ejército, la policía y los tribunales— fácilmente pueden ser utilizadas en el sentido reformista de presentar al aparato estatal burgués como si fuera de alguna manera neutral respecto a las clases.
El propósito de ser “el mejor soldado” en un ejército burgués, la demanda por mejor entrenamiento y equipo, la absurda exigencia por el “control sindical del entrenamiento militar”, todo ello está contrapuesto al entendimiento de la Segunda Guerra Mundial como una guerra interimperialista reaccionaria en la cual el proletariado no tenía lado —excepto en defensa de la URSS—. No muy oculta en la PMP estaba la proposición de que el proletariado del mundo (fuera de Alemania) tenía un enemigo mayor que su propia burguesía, a saber, el fascismo alemán. De hecho, la nueva política militar sólo era aplicable en la Gran Bretaña, Estados Unidos y sus aliados subordinados (Australia, Canadá), por lo cual había una tendencia anglo-estadounidense tácita en la abstracción de “la burguesía” en las formulaciones de la PMP: el manifiesto de mayo de 1940 no estaba exigiendo precisamente que el estado dirigido por Hitler estableciera escuelas para el entrenamiento militar de los obreros bajo control sindical. El núcleo de la PMP era el apoyo a una guerra contra el fascismo sin dejar claro a qué clase social pertenecía el estado que libraba la guerra. Debido a la popularidad de una “guerra democrática contra el fascismo”, el efecto real de la PMP habría sido simplemente hacer más eficiente la guerra del estado burgués y democratizar su dirección.
En gran medida, la PMP se basó en una prognosis exagerada del grado al cual el proletariado lucharía contra la guerra al principio de ésta. Trotsky pensó que la necesidad bélica eliminaría rápidamente la máscara “antifascista” y “democrática” de los imperialistas anglo-estadounidenses. Esperaba que las burguesías de ambos países se verían forzadas a imponer alguna variante de dictadura bonapartista en respuesta al creciente descontento, lo cual conduciría a la lucha social y quizá a situaciones de poder dual. Además, Trotsky pensaba que, ante la lucha social interna, los imperialistas anglo-estadounidenses seguirían el ejemplo de sus aliados franceses y se volverían “derrotistas”, viendo en Hitler al mal menor. Con base en este pronóstico, Trotsky combinó incorrectamente la “lucha contra el fascismo” en la guerra con la tarea proletaria de la toma del poder.
El PTS sobre la SGM: ¿“Democracia contra fascismo” después de todo?
Aunque el PTS niega formalmente que la Segunda Guerra Mundial haya sido una genuina “guerra contra el fascismo”, todos sus argumentos en defensa de la PMP introducen, en el mejor de los casos, agnosticismo respecto al carácter reaccionario del conflicto. Así, para justificar la insuficiencia del derrotismo revolucionario de Lenin y la necesidad de una nueva política, el PTS argumenta que la Segunda Guerra Mundial representó un “salto” respecto a la primera que hacía imposible “repeticiones mecánicas de las viejas fórmulas de los revolucionarios durante la Primera Guerra”. El “salto”, por supuesto, era el fascismo, y el propósito de todo esto es justificar la noción de que se podía luchar contra él mediante el esfuerzo bélico aliado: “Que la guerra que se avecinaba era de carácter interimperialista no implicaba para los trotskistas subestimar al fascismo y la necesidad del movimiento obrero de entablar una lucha encarnizada contra él desde sus inicios, ya que sería el principal perjudicado”.
La lucha obrera contra el fascismo podía librarse solamente de manera independiente de las burguesías “democráticas”, una perspectiva por la que los trotskistas habían luchado, efectivamente, desde los inicios del fascismo. De hecho, el que la pasividad criminal del Partido Comunista Alemán ante el ascenso de los nazis de Hitler no causara ni la más mínima revuelta dentro de la III Internacional hizo que Trotsky declarara que la Comintern estaba muerta para la causa de la revolución proletaria y llamara a construir nuevos partidos comunistas que sostuvieran la bandera del leninismo. La IV Internacional, fundada en 1938 en la víspera de la guerra inminente, encarnó esta continuidad leninista.
Pero el objetivo de la PMP de actuar como “los mejores soldados” de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial no tenía nada que ver con la lucha obrera contra el fascismo. Como Trotsky mismo había señalado en “La guerra y la Cuarta Internacional”:
“18. La impostura de la defensa nacional siempre trata de ocultarse tras la impostura de la defensa de la democracia. Si incluso ahora, en la época del imperialismo, los marxistas no identifican democracia con fascismo y están dispuestos en todo momento a rechazar los ataques del fascismo a la democracia, ¿no debería el proletariado, si se declara la guerra, apoyar a los gobiernos democráticos contra los fascistas?
“¡Flagrante sofisma! Defendemos a la democracia contra el fascismo por medio de las organizaciones y métodos del proletariado... Y si nos oponemos de manera irreconciliable a los gobiernos más ‘democráticos’ en épocas de paz, ¿cómo podemos asumir la más mínima responsabilidad por ellos durante la guerra, cuando todas las infamias y crímenes del capitalismo se llevan a cabo de la manera más brutal y sangrienta?
“19. Una guerra moderna entre las grandes potencias no será una lucha entre la democracia y el fascismo sino un conflicto entre dos sectores imperialistas por un nuevo reparto del mundo”.
El vínculo que la PMP hizo de la “defensa de la democracia” y el “antifascismo” con el esfuerzo bélico de los imperialistas anglo-estadounidenses representó una capitulación a la falsa conciencia y le cedió terreno a la propaganda bélica de los imperialistas aliados. El deber de los revolucionarios era el opuesto: exponer las pretensiones antifascistas de las clases gobernantes aliadas.
El proletariado tenía toda razón para temer y odiar la bota nazi. Pero habría sido mucho mejor que la lucha proletaria y los levantamientos coloniales paralizaran el esfuerzo bélico anglo-estadounidense, quizá conduciendo a victorias alemanas transitorias, ¡a que el proletariado apoyara implícitamente a los ejércitos aliados mediante la exigencia de soldados mejor entrenados y equipados!
Abjurando el derrotismo revolucionario
Reconociendo que el derrotismo revolucionario es un obstáculo a la adopción de la PMP —aunque sin decirlo jamás abiertamente—, el PTS centra una buena parte de sus argumentos en minimizar y oscurecer el significado de esta política leninista clave. Así, presenta el derrotismo como alguna oscura polémica interna que trataba simplemente de “reagrupar a la vanguardia y a los elementos más avanzados de la socialdemocracia, y no de formular una política activa hacia el movimiento obrero”. Hace suya la posición de un tal Jean-Paul Joubert, quien argumenta nada menos que “la fórmula” del derrotismo “no se encuentra...en el proyecto de resolución y de manifiesto de la ‘Izquierda de Zimmerwald’”, ni tampoco fue utilizada “durante los seis años siguientes a la revolución de octubre, en ningún texto importante de Lenin o de la Internacional Comunista”. “Por el contrario”, concluye Joubert, “Lenin martilla sin cesar en la ‘transformación de la guerra imperialista en guerra civil’”[2].
Todo esto va más allá del confusionismo. La lucha de Lenin por la III Internacional, incluyendo entre la izquierda de Zimmerwald, se libró sobre la base del derrotismo revolucionario y sobre el cadáver de la II Internacional socialpatriota; el derrotismo guió toda “política activa” de los bolcheviques tanto como el servilismo a los esfuerzos bélicos de sus respectivas burguesías guió la actividad de los socialpatriotas en la II Internacional. El derrotismo no es una mera consigna, sino una posición fundamental del marxismo revolucionario respecto a guerras reaccionarias. Como explicamos en PRS No. 2, el derrotismo representa precisamente el deseo, desde una perspectiva internacional estratégica, de transformar la guerra imperialista en guerra civil:
“El uso del término ‘derrotismo’ se basa en el reconocimiento de que: (1) una cadena de derrotas militares para un gobierno imperialista ayuda al surgimiento de lucha social interna, y (2) cualquier lucha social significativa en tiempo de guerra inevitablemente ‘ayuda’ a la potencia enemiga. El proletariado no restringirá la lucha de clases por temor a facilitar la victoria del ‘campo imperialista enemigo’”.
Hay varias consignas apropiadas para expresar el significado del derrotismo bajo distintas circunstancias, prominentemente la consigna de Liebknecht de “el principal enemigo está en casa” o, por ejemplo en el caso de la India colonial, simplemente “¡Abajo el imperialismo! ¡Abajo la guerra imperialista!”, consignas levantadas por el Bolshevik-Leninist Party of India durante la Segunda Guerra Mundial.
En su esfuerzo por deshacerse del derrotismo y mantener alguna semblanza “izquierdista”, el PTS crea un Trotsky a su imagen y semejanza:
“Muchos sectarios de entonces habían adoptado una posición que en apariencia seguía a Lenin a pie juntillas: ésta es una guerra imperialista, por lo tanto se impone una actitud de derrotismo revolucionario. Pero Trotsky rechazaba esto como un silogismo reñido con la lógica viva y contradictoria de la guerra y su eterna antagonista: la revolución”.
¡Pero Trotsky insistió en la aplicación del derrotismo revolucionario hasta el final de sus días! La PMP fue una política equivocada basada en un pronóstico exagerado de la inminencia de revoluciones proletarias, y Trotsky no vio que estaba, a fin de cuentas, en contradicción con el derrotismo revolucionario; Trotsky no vivió para ver cómo se desarrollaba la PMP en la realidad, habiendo propuesto esta política apenas tres meses antes de su muerte. En cualquier caso, difícilmente se podría argumentar que es la confusión teórica lo que conduce a los peronistas de extrema izquierda del PTS a despotricar contra el derrotismo “sectario” y defender a la PMP 70 años después.
PMP vs. defensa de la URSS: La desvergüenza retrospectiva del PTS
Tras citar un pasaje de la resolución del SWP de 1940 que codificó la PMP, el PTS comenta ridículamente que “en consecuencia con esta política”, el SWP “destinó un destacamento de militantes a la flota mercante de Estados Unidos”. No debería hacer falta un extenso análisis para darse cuenta de que el trabajo del SWP en la marina mercante no tenía nada que ver con la “política militar proletaria”. El SWP perdió al menos a siete de sus militantes en la marina mercante, algunos de los cuales trabajaban en la peligrosa ruta de Múrmansk en la que convoyes aliados llevaban abastecimientos a la Unión Soviética. Este trabajo genuinamente excepcional fue una expresión no de la PMP, sino del defensismo soviético del SWP, algo que al PTS le conviene no reconocer.
De hecho, una de las principales preocupaciones de Trotsky, que debe de haber desempeñado un papel en la elaboración de la PMP, era el grave peligro que la guerra planteaba a la tierra de la Revolución de Octubre. Pero el PTS desaparece este aspecto del problema, por una buena razón: es una organización que nació a la vida política “independiente” a finales de los años 80 apoyando la contrarrevolución capitalista en la RDA, la URSS y toda Europa Oriental, así como hoy reniega de la defensa militar incondicional de los estados obreros deformados que aún quedan contra el imperialismo y la contrarrevolución interna: formalmente en el caso de China y Vietnam, en tanto que a duras penas balbucea una palabra sobre Corea del Norte, prefiere ignorar la existencia del estado obrero en Laos y en los hechos abandona el defensismo respecto al estado obrero cubano (ver “Cuba: Crisis económica y ‘reformas de mercado’”, Espartaco No. 34, otoño de 2011).
El que el PTS adopte retrospectivamente la PMP, así como su apoyo al absurdo intento de Joubert de reducir el defensismo revolucionario a una efímera exageración polémica de Lenin, está en concordancia con su apoyo a la contrarrevolución “democrática” en los estados obreros degenerado y deformados. Y aún así, el PTS tiene la desvergüenza de publicar, en su introducción a Guerra y revolución, una sección entera dedicada a “La defensa de la URSS” con luengas citas de Trotsky, cuyo contenido entero ha pisoteado en cada coyuntura histórica fundamental en continuidad antirrevolucionaria con sus predecesores morenistas de la Liga Internacional de Trabajadores (LIT) (ver, entre otros, folleto del GEM y la Fracción Trotskista del entonces POS, hoy LTS, “Del morenismo al trotskismo: La cuestión rusa a quemarropa”, 1991).
Por otro lado, debe señalarse que todo el trabajo heroico de los trotskistas durante la Segunda Guerra Mundial —incluyendo, entre otros, el trabajo marítimo del SWP y prominentemente el de la célula de los trotskistas de Brest que publicaba Arbeiter und Soldat (Obrero y Soldado) para distribuir al personal naval alemán— está en contradicción directa con la PMP. Aun así, el PTS tiene el descaro adicional de atacar al SWP por imprimir “a la propaganda sobre la PMP un sesgo un tanto ‘defensista’, aproximándose a una posición que postulaba la ‘necesidad de librar la guerra contra el fascismo hasta el final’”. Pero el SWP de Cannon sí se opuso a la Segunda Guerra Mundial. Debido a que el SWP en aquellos años era un partido genuinamente revolucionario proletario —a diferencia de los impostores seudotrotskistas del PTS—, la PMP nunca cobró vida como una demanda programática y pronto fue archivada en algún cajón, y sus implicaciones socialpatriotas nunca echaron raíz. En cambio, es el PTS quien defiende hoy la proposición de ser “el mejor soldado” en los ejércitos aliados y exige retrospectivamente la conscripción universal para ir a matar británicos en las Malvinas/Falklands.
Contorsiones circenses
El PTS se ve obligado a realizar contorsiones verdaderamente sorprendentes para tratar de establecer “antecedentes” para la PMP en las políticas trotskistas durante la Guerra Civil Española, en el Programa de Transición y, más generalmente, en casi cada referencia que Trotsky haya hecho jamás a la lucha por escindir al ejército horizontalmente en tiempos de agitación revolucionaria para ganar a las tropas al lado del proletariado. Pero esto no era nada nuevo ni tiene nada que ver con la PMP; de hecho, Engels había señalado ya desde 1895 la necesidad de escindir al ejército (ver su introducción a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 de Marx), una política que fue, por supuesto, llevada a cabo con éxito en la Revolución Rusa de 1917. Como “La guerra y la Cuarta Internacional” explica, cuando un revolucionario se ve obligado a ir al ejército,
“sigue siendo un luchador, aprende a usar las armas, explica hasta en las trincheras el significado de clase de la guerra, nuclea a los disconformes, los organiza en células, transmite las ideas y consignas del partido, observa cuidadosamente los cambios en el estado de ánimo de las masas, el reflujo de la marea patriótica, el incremento de la indignación, y en el momento crítico llama a los soldados a colaborar con los obreros”.
¡No precisamente “el mejor soldado” en un ejército burgués!
Quizá el más deshonesto de sus intentos es el de establecer un antecedente de la PMP en Lenin. El PTS afirma que en “El programa militar de la revolución proletaria” (septiembre de 1916), “Lenin formula lo que podríamos llamar, sin temor a abusar de los términos, una ‘política militar del proletariado’”. Sería muy amable llamar a esto “abusivo”. Lenin escribió:
“En lo que se refiere a la milicia, deberíamos decir: no estamos por una milicia burguesa, estamos únicamente por una milicia proletaria. Por consiguiente, ‘ni un centavo, ni un hombre’, no sólo para el ejército regular, sino tampoco para la milicia burguesa, incluso en países como Estados Unidos, o Suiza, Noruega, etc... Podemos exigir la elección de los oficiales por el pueblo, la abolición de todos los tribunales militares, iguales derechos para los obreros extranjeros y los nacidos en el país... Además, podemos exigir, digamos, que cada cien habitantes de un país determinado tengan derecho a formar asociaciones de adiestramiento militar voluntario, con libre elección de instructores, pagados por el estado, etc. Sólo en tales condiciones podría adquirir el proletariado adiestramiento militar, para sí, y no para sus esclavizadores; y los intereses del proletariado exigen absolutamente ese adiestramiento” (énfasis en el original).
De manera totalmente explícita, Lenin no está argumentando por el entrenamiento y equipamiento de “obreros-soldados” para ir a luchar contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Este artículo es una polémica contra la consigna reformista del “desarme”[3] en el cual, al tiempo que enfatiza que la Primera Guerra Mundial es totalmente reaccionaria, señala que no todas las guerras lo son, e insiste en que el proletariado necesita su propia milicia, independiente de la burguesía, para luchar por su propia dictadura y consolidarla. La siguiente oración en el artículo, que el PTS convenientemente omite, deja claro lo anterior:
“La Revolución Rusa [de 1905] demostró que todo éxito del movimiento revolucionario, incluso un éxito parcial, como la toma de una urbe, de una ciudad fabril, o el atraerse a una parte del ejército, obliga inevitablemente al proletariado vencedor a poner en práctica precisamente ese programa” (énfasis en el original).
Como escribimos en PRS No. 2:
“En el curso de la lucha que lleva al establecimiento de un estado proletario, el llamado por el establecimiento de organizaciones obreras de autodefensa es central en el programa revolucionario. Estas organizaciones representan la forma embrionaria del ejército del estado obrero, pero sólo si son completamente independientes del estado burgués. El Programa de Transición, adoptado en la conferencia de fundación de la IV Internacional en 1938, asocia el llamado por escuelas militares obreras y entrenamiento militar con la consigna de ‘completa independencia de las organizaciones obreras del control policiaco-militar’. Pero la PMP exigía que el estado burgués financiara las escuelas militares obreras, inclinándose hacia una posición reformista sobre el carácter del estado capitalista. El llamado ridículo del SWP por el ‘control sindical de la conscripción’ fue más lejos por ese camino”.
En suma, ninguna cantidad de sofistería será suficiente para esconder la verdad que yace en la afirmación que hicimos hace ya 40 años y que aplica de manera aún más apta al PTS hoy día: “Sólo socialchovinistas que apoyen los objetivos bélicos de ‘su’ gobierno pueden levantar razonablemente la PMP” (“Proletarian Military Policy” [Política Militar Proletaria], Revolutionary Communist Youth Newsletter No. 13, agosto-septiembre de 1972, reimpreso en PRS No. 2).
Notas
  1. Entre éstos, se incluyen polémicas correctas de Max Shachtman contra la PMP de finales de 1940 y principios de 1941. Menos de un año antes, sin embargo, Shachtman había roto de manera revisionista con el marxismo mediante la repudiación completa de su metodología filosófica, el materialismo dialéctico, y la traición concreta a la Unión Soviética (con base en su “teoría” del “colectivismo burocrático” según la cual la burocracia soviética no era tal, sino una “nueva clase”), primero en la guerra contra Finlandia en 1939 y luego en la invasión alemana de 1941 (ver “La bancarrota de las teorías sobre ‘una nueva clase’”, Spartacist (Edición en español) No. 30, mayo de 2000). La desviación del SWP respecto del contenido principista del leninismo mediante la PMP fue un regalo para Shachtman —entonces aún en sus inicios como revisionista—, el cual pudo explotar porque no se centraba en sus propias áreas de abandono del marxismo. Sin embargo, diez años después, bajo la presión de la Guerra de Corea, su revisionismo se volvió completo y Shachtman impulsó su propia versión, grotescamente reaccionaria, de la PMP. Regresar
  2. Joubert parece retomar al shachtmanista Hal Draper, quien en 1953-54 publicó un largo, oscuro y confusionista opúsculo titulado “The Myth of Lenin’s ‘Revolutionary Defeatism’” (El mito del “derrotismo revolucionario” de Lenin), a inicios de la primera Guerra Fría antisoviética del imperialismo estadounidense, para justificar la línea tercercampista de que, en caso de una guerra entre EE.UU. y la URSS, ¡los “socialistas” estadounidenses no debían estar por la derrota de su “propia” burguesía! Regresar
  3. De hecho, una versión ligeramente distinta, preparada por Lenin, de este mismo artículo se publicó en diciembre de 1916 como “La consigna del ‘desarme’”. Regresar
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/35/pmp.html
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2016.05.21 16:52 ShaunaDorothy ¡Forjar un partido leninista-trotskista! Se derrumba el régimen del PRI - ¡Romper con todos los partidos burgueses: PRI, PAN, PRD! - ¡Ninguna ilusión en el PRD nacionalista burgués, enemigo de explotados y oprimidos! (2000) (2 - 2)

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Internacionalismo proletario vs.
“frente único antiimperialista”:
¡El enemigo principal está en casa!
La CTM nació de un movimiento obrero en ascenso, del cual surgieron también grandes sindicatos nacionales de industria, como el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) y el Sindicato de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (STMMSRM). La CTM fue fundada en 1936 por una serie de federaciones sindicales (como la CSUM del PCM estalinista) y varios sindicatos industriales, como el STMMSRM, el STPRM, el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros (STF), el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y otros. La CTM nació bajo los auspicios de Cárdenas y desde un inicio estuvo atada a él y a su gobierno. De hecho, Cárdenas basó gran parte de su apoyo inicial en la Confederación General de Obreros y Campesinos de México (CGOCM) de Lombardo Toledano, que fue antecesora de la CTM, así como en el Comité de Defensa Proletaria fundado en 1935, donde los estalinistas, la CGOCM, el SME y otros otorgaron su apoyo a Cárdenas en su lucha intestina contra Calles. El pegamento final que hizo que la CTM se postrara absolutamente ante el gobierno de Cárdenas fue la nacionalización del petróleo en marzo de 1938.
Los burócratas de la CTM (incluyendo a los estalinistas, así como a Lombardo Toledano y Fidel Velázquez) y el PRM mismo se vieron obligados a hacer referencias rituales al “socialismo” para engañar a los trabajadores. Así, el lema original de la CTM era “Por una sociedad sin clases” y sus “Estatutos de la Confederación de Trabajadores de México” dicen:
“El proletariado de México luchará fundamentalmente por la total abolición del régimen capitalista. Sin embargo, tomando en cuenta que México gravita en la órbita del imperialismo, resulta indispensable, para llegar al objetivo primeramente enunciado, conseguir previamente la liberación política y económica del país.”
—CTM, 1936-1941, Secretaría de Divulgación Ideológica, CEN del PRI (1981)
Esta es, básicamente, la concepción estalinista de la revolución por etapas —robada de los mencheviques—, según la cual primero hay que luchar por una “revolución democrática” para después hablar de una revolución socialista. En realidad, esta ha sido siempre una receta para derrotas del proletariado (ver artículo “México y las lecciones de Octubre” en este mismo número). El pacto constitutivo del PRM decía que este partido burgués “considera como uno de sus objetivos fundamentales la preparación del pueblo para la implantación de una democracia de trabajadores para llegar al régimen socialista.”
El papel desempeñado por el PCM, para entonces ya totalmente estalinizado, fue un elemento crucial en la subordinación de la clase obrera mexicana a la burguesía mediante el nacionalismo. Al principio del régimen de Cárdenas, el PCM seguía aún la política estalinista del “Tercer Periodo” que llevó a que el fascismo triunfara en Alemania sin que el proletariado disparara un solo tiro. El PCM, siguiendo las directrices del VI Congreso de la Internacional Comunista (Comintern), sostenía todavía en 1935 que Cárdenas y Calles buscaban el mismo objetivo: fortalecer la dominación del imperialismo yanqui. Criticaba a Lombardo Toledano porque, aun habiendo roto con la CROM, seguía sosteniendo abiertamente que había que colaborar con el gobierno. Sin embargo, en realidad esto encubría su propia colaboración de clases. Hernán Laborde, secretario general del PCM, explicaba en junio de 1935 que la consigna era: “¡Con Cárdenas no; con las masas cardenistas, sí!”, en su esfuerzo por consolidar la subordinación política de la clase obrera a una supuesta ala “antiimperialista” de la burguesía y la pequeña burguesía. ¡Y el PCM era el ala izquierda de la CTM!
El PCM realizó una “autocrítica” a la luz de los resolutivos del VII Congreso de la Comintern, celebrado en julio de 1935, en donde se calificaba al fascismo como el principal enemigo y, por tanto, era necesario construir un “frente único” contra éste. En realidad, la Comintern se estaba adaptando al imperialismo “democrático”, y era con esas fuerzas burguesas que buscaba un “frente único”. En los países subyugados por el imperialismo “democrático”, este “frente único” conducido bajo la rúbrica de la “lucha contra el fascismo”, significó la traición de cualquier lucha por la liberación nacional y la independencia. Así, en el VII Congreso, el PCM, en palabras de su secretario general Hernán Laborde, sostenía: “es preciso reconocer que el peligro fascista nos ha hecho en cierta medida relegar a segundo plano al principal enemigo, que en las condiciones de México es el imperialismo, y particularmente el imperialismo yanqui” (citado en de Neymet, Marcela, Cronología del Partido Comunista Mexicano. Primera parte, 1919-1939, 1981).
Si bien Laborde aceptó a regañadientes la unidad con el imperialismo “democrático” contra el fascismo, en la mayoría de los periodos el refrán de los estalinistas y otros colaboracionistas de clase es el “frente único antiimperialista”. Esta es una receta para la unidad con su propia burguesía nacional “contra el imperialismo”. Los espartaquistas insistimos que en México el principal enemigo está en casa: es la burguesía mexicana, lacaya del imperialismo. El PCM, aunque no era un partido de masas, gozaba de cierta influencia en la clase obrera, derivada de la autoridad de la Revolución de Octubre. A fin de cuentas, el PCM, a la cola de Cárdenas, fue el principal responsable político de detener en corto el desarrollo de una conciencia de clase en el proletariado mexicano, impidiéndole ver la necesidad de forjar un partido para luchar por sus propios intereses de clase.
Lombardo Toledano sirvió como un alcahuete nacionalista del gobierno burgués en turno. Fidel Velázquez, sin mayores pretensiones “teóricas”, llevó los postulados del PCM y Lombardo a sus consecuencias lógicas, deshaciéndose de sus adversarios algunos años más tarde y, al final de la efímera faceta “populista” de la burguesía, disciplinando al movimiento obrero mediante la represión salvaje en lugar de la subordinación ideológica. Unos años más tarde, la CTM y el PRM/PRI abandonaron cualquier pretensión “socialista”.
El desgastado dominio corporativista de la CTM sobre el movimiento obrero está agonizando, y es necesario extraer las lecciones de la historia para no caer en las mismas trampas de la burguesía. Los dirigentes sindicales “alternativos” a los charros priístas no representan ninguna opción de clase. Su retórica y sus métodos podrán ser distintos —a veces—, pero su papel es el mismo: los lugartenientes del capital en el movimiento obrero. Por ejemplo, un tal Miguel Hernández Bello, dirigente de una disidencia sindical del SUTERM contra el charro Rodríguez Alcaine, sucesor de Fidel Velázquez, se presentó a las oficinas de Vicente Fox para rogarle, de manera patética, que éste interviniera para garantizar el desarrollo “democrático” de las elecciones internas en el SUTERM, a realizarse en noviembre próximo; Fox ni siquiera lo recibió (La Jornada). ¡Y estos son los sindicalistas “independientes”! Las ilusiones en que el presidente electo panista va a “garantizar” la democracia en los sindicatos no son distintas a las ilusiones en la “imparcialidad” de las Juntas de Conciliación y Arbitraje burguesas. Las ilusiones en la “imparcialidad” del estado burgués en general son ilusiones mortales para el movimiento obrero. Cuando el estado interviene en los sindicatos, su única intención es reglamentarlos y subordinarlos cada vez más a la clase capitalista y a su estado. El estado burgués no tiene nada que hacer en el movimiento obrero. ¡La clase obrera debe limpiar su propia casa! ¡Estado burgués fuera de los sindicatos! Los policías no son “trabajadores en uniforme”, sino los perros guardianes de la burguesía. La presencia de policías en los sindicatos representa un peligro a la existencia misma de estos: ¡Policías fuera de los sindicatos! ¡Auxilio UNAM fuera de la UNAM y el STUNAM!
El PRD burgués, especialmente después de su humillante derrota electoral, trata de posar como “amigo” de los trabajadores, las mujeres y las minorías oprimidas, como los homosexuales. Después de impulsar las reformas ampliando —de manera muy limitada— los casos de aborto legal en la Ciudad de México, publicó un desplegado en los periódicos burgueses protestando contra la decisión de la Junta de Conciliación y Arbitraje contra la huelga de Volkswagen, aceptada por la dirigencia sindical. De igual manera se “opuso” a la requisa contra la huelga de las sobrecargos de aviación de ASSA, y hoy la diputada perredista y dirigente de ese sindicato, Alejandra Barrales, introduce una iniciativa de ley para eliminar la requisa. Pero el PRD ha mostrado su naturaleza antiobrera en más de una ocasión, arremetiendo con sus granaderos contra los estudiantes del CGH en distintos momentos durante la combativa huelga estudiantil en defensa de la educación publica. Fue aquí que varios ejemplos dejaron claro el objetivo de este partido, administrar los bienes y defender los intereses de la burguesía. En el caso de la huelga de la UNAM los estudiantes fueron atacados desde el principio de la huelga por el PRD, qué usó a sus granaderos para golpearlos y encarcelarlos el 25 de mayo, el 4 de agosto, 14 de octubre y 11 de diciembre de 1999, así como el 3 y 6 de febrero del 2000, en apoyo a la Policía Federal Preventiva. Estos ataques también han sido contra maestros del SNTE, trabajadores de Chapingo y muchos otros. A eso se reduce hoy el “populismo” cardenista. Hoy, el PRD y sus alcahuetes sindicales no tienen ninguna necesidad de utilizar una retórica “socialista”, como en su tiempo se vieron forzados a hacer la CTM y el mismo PRM, para engañar al proletariado. La verborrea del nacionalismo burgués les basta. Aun así, el objetivo es el mismo: mantener a la clase obrera disciplinada, adormecida con ilusiones “democráticas” en “su propia” burguesía. El PRD no tiene otro objetivo que sostener el régimen de explotación capitalista: es enemigo de los trabajadores, las mujeres y todos los oprimidos. Las leyes bajo el capitalismo existen para impedir la movilización independiente del proletariado en lucha por sus conquistas. La clase obrera no puede jugar bajo las reglas de los patrones. ¡Abajo las Juntas de Conciliación y Arbitraje! ¡Por la independencia política del proletariado—romper con todos los partidos de la burguesía: PRI, PAN, PRD!
El Grupo Internacionalista: apologistas “de izquierda” del nacionalismo burgués
La seudoizquierda mexicana ayuda al PRD en su esfuerzo por mantener a la clase obrera atada a su enemigo de clase, cegada por la ideología del nacionalismo burgués que pretende eliminar toda diferenciación de la sociedad en clases con intereses antagónicos. Entre estos grupos seudoizquierdistas se encuentra el llamado Grupo Internacionalista (GI), formado por un puñado de desertores de nuestra organización, la Liga Comunista Internacional. Desmoralizados por el triunfo de la contrarrevolución en la URSS y Europa Oriental, desertaron del trotskismo revolucionario para buscar fuerzas de clase ajenas al proletariado y vehículos distintos a su partido revolucionario leninista para avanzar en la lucha por la emancipación de la humanidad.
En lugar de la perspectiva trotskista de la urgencia de la lucha por la independencia política del proletariado, el GI toma posición, retóricamente, con un lado de los burócratas sindicales —los “independientes”— contra otros —la CTM—. El GI trata de manipular el justificado odio de los trabajadores hacia la burocracia gangsteril cetemista, así como sus impulsos hacia la democracia sindical, simplemente para embellecer al PRD y sus alcahuetes sindicales. Mediante el uso de justificaciones seudomarxistas, el GI sostiene que existe una diferencia de clase entre los sindicatos afiliados al PRI y aquellos cercanos al PRD, siendo la violencia y prácticas burócraticas de los cetemistas su criterio aparente. Pero la demagogia no puede sustituir al análisis marxista de clase. ¡Los marxistas no utilizan la presencia de la violencia, la deshonestidad o la falta de democracia para determinar la naturaleza de clase de las cosas! En el fondo, lo que para el GI determina el carácter de clase de las distintas organizaciones sindicales es por qué partido burgués están controladas: el PRI o el PRD.
Pretendiendo aportar una “justificación ortodoxa” a su línea de que los sindicatos priístas no son tales, en un suplemento de El Internacionalista (octubre de 1998), el GI cita “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista” de Trotsky:
“En México, los sindicatos han sido transformados por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario.”
Pero omiten convenientemente el siguiente párrafo del escrito de Trotsky, que desenmascara la política del GI:
“A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras.
“Al no existir la democracia obrera no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo esta posición sería falsa hasta la médula.”
Su línea política capituladora en México se ha quedado, hasta ahora, en pura retórica. Sin embargo, en Brasil estos centristas llevaron su política a los hechos, arrastrando al Sindicato de Funcionarios Públicos del Municipio de Volta Redonda (SFPMVR) a los tribunales de la burguesía en tres ocasiones, en una lucha interburocrática para conservar la presidencia del sindicato en favor de su camarada Geraldo Ribeiro, un ex policía (ver el artículo “El encubrimiento del IG en Brasil: Manos sucias, mentiras cínicas” en Espartaco núm. 10, otoño-invierno de 1997). Cuando el estado burgués falló a favor de su oponente, el GI declaró que el sindicato mismo había dejado de ser tal, para convertirse en una formación arreglada por los tribunales burgueses porque la presidencia la ocupan sus oponentes políticos, ¡quienes antes eran sus compañeros de planilla!
El GI habla ahora de “sindicalismo policiaco”, haciendo una analogía con las organizaciones obreras establecidas por el agente de la policía zarista Zubátov en Rusia a principios de siglo, y tratan de incluir en la categoría a la CTM y el CT mexicanos (“Lucha de clases contra el ‘Sindicalismo Policiaco’ en Brasil”, The Internationalist núm. 7, abril-mayo de 1999). Con su tradicional estilo de citas “selectivas”, el GI pretende dar a entender que los bolcheviques se negaban a trabajar en tales organizaciones. Pero Lenin condenó a quienes argumentaban que los revolucionarios debían negarse a trabajar en sindicatos dirigidos por reaccionarios, explicando que los principales dirigentes de los sindicatos reformistas en los centros imperialistas no eran más que Zubátovs con un disfraz diferente: “Los Gompers, los Henderson, los Jouhaux y los Legien no son sino los Zubátov, que se distinguen del nuestro por su traje europeo, su porte elegante y los refinados procedimientos aparentemente democráticos y civilizados que emplean para realizar su canallesca política” (La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, 1920).
En su más reciente polémica contra nosotros, el GI trata de responder a estos argumentos sosteniendo: “El mismo Trotsky insistió en que en casos en los que no hay alternativa, hay que hacer trabajo en los ‘sindicatos’ fascistas. Esto, sin embargo, no los convierte en verdaderos sindicatos obreros. Los revolucionarios también hacen trabajo dentro del ejército de conscripción, pero eso no cambia la naturaleza de clase del puño armado del estado burgués” (suplemento de El Internacionalista, junio de 2000). Esta analogía antimarxista entre la CTM y un ejército burgués de conscripción no es otra cosa que la “justificación” de una política rompesindicatos: ¿por qué habrían de defender los trabajadores, contra los ataques de la burguesía, a una organización que no es cualitativamente distinta de un ejército burgués? En México, en 1989, Salinas de Gortari apresó al dirigente de los petroleros, Joaquín Hernández Galicia. Nadie más que la LCI protestó este ataque y explicó a los obreros que era un golpe contra la clase obrera. Nadie más que la LCI exigió la libertad para los dirigentes petroleros encarcelados. Cualesquiera que sean los pretextos del estado burgués para intervenir en los sindicatos, su única intención es subordinarlos aún más al enemigo de clase. Nadie más se opuso al golpe de Salinas contra los petroleros porque todas las demás organizaciones “de izquierda” compartían —y comparten— la línea del GI.
Mostrando que su objetivo está muy lejos de proporcionar alguna claridad política a los trabajadores, el GI jamás se ha tomado la molestia, después de decenas de páginas de polémicas contra nosotros sobre esta cuestión, de explicar a los millones de trabajadores aún organizados por la CTM y, en general, el CT, cómo y cuándo fue que sus sindicatos “dejaron” de ser tales. La razón por la cual no se han podido poner de acuerdo ellos mismos en esta cuestión es que su posición está en tan plena contradicción con la realidad y los principios elementales del marxismo, que no han encontrado la forma de “justificarla”.
Basando su posición social en el hecho de que dirigen a un sindicato, las burocracias obreras negocian los términos de explotación con la burguesía utilizando la fuerza de la clase obrera organizada como su carta. Así, al tiempo que la CTM y, en general, los sindicatos priístas se caracterizan por su servilismo ante la burguesía y su estado, también se ven obligados a movilizar a sus bases de vez en cuando. El año pasado, por ejemplo, hubo una gran huelga de miles de trabajadores azucareros, organizados por la CTM. Según estadísticas del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática) correspondientes al año 1998, hubo 245 huelgas estalladas en México. De estas, 103 fueron de la CTM, 68 de la CROC (también priísta), 27 de la CROM (también priísta), y 24 de los “independientes”. De 245 huelgas, un total de 198 fueron estalladas por centrales priístas. Según el GI, la CTM no es una federación sindical porque está conectada orgánicamente con el PRI; pero el PRI ya no domina al estado. Entonces, el GI tacha de imposibles (o tal vez deberíamos decir “inexistentes”) las luchas convulsivas que se extienden incluso a los sindicatos dominados por el PRI o, enfrentados a los hechos, las denuncian como “un sector de la burguesía contra otro”, según han repetido cuadros dirigentes del GI en diversas discusiones verbales contra la LCI internacionalmente. De manera nada sorprendente, esa fue la respuesta del PRD ante la amenaza de huelga por parte del sindicato del metro de la Ciudad de México hace algunos meses —una mera maniobra del PRI—.
En La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Lenin explica:
“Para saber ayudar a la ‘masa’ y para adquirir su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos, los ataques, las persecuciones de los ‘jefes’ (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con la burguesía y la policía) y trabajar sin falta ahí donde estén las masas.” (Enfasis en el original)
El punto fundamental de Lenin es que los antagonismos de clase inherentes al capitalismo son tales, que estallarán independientemente de la superestructura particular del régimen capitalista. Es por esto que incluso los sindicatos corporativistas estallan huelgas y buscan hoy nuevas alianzas. Y es por ello que los espartaquistas no desechamos a esos sindicatos, sino que buscamos ganar la adhesión de los trabajadores al programa del comunismo, luchando por romper cualquier atadura de los sindicatos con la burguesía, su estado y todos sus partidos. Pero la razón del GI para desechar a la CTM, que aún organiza a gran parte del proletariado mexicano y a algunos de sus sectores más estratégicos, no es cobardía. Es un apetito y programa distintos. Para los revolucionarios, que no buscamos “influencia” en sí misma, basada en las maniobras en la cúpula de los sindicatos, sino la adhesión revolucionaria de los sectores más avanzados de la clase obrera, el punto es ganarlos a nuestro programa completo.
Trotsky continúa en “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista”:
“De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aun más importante que nunca para todo partido revolucionario. Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia sobre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera sólo por no estar de acuerdo con su organización, está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer.”
El GI encaja perfectamente en esta descripción.
El GI acusa a la LCI de haber “cambiado de línea” sobre la naturaleza de clase de la CTM. Veamos quién “cambió de línea”. En concordancia con su concepción de sí mismos como caudillos infalibles, los dirigentes del GI Norden y Negrete imaginan que, dado que ellos sostenían tal o cual posición a espaldas del partido cuando ellos todavía eran miembros de la LCI, ésta tenía que ser “la línea” de nuestra organización. Pero las acusaciones del GI son una falsedad diseñada simplemente para atacar a la LCI. No reconocíamos ninguna distinción de clase entre unos sindicatos y otros, porque la política del GEM jamás fue embellecer al PRD burgués y a sus seguidores en los sindicatos. En su suplemento mexicano más reciente (22 de junio de 2000), el GI se queja de que el GEM: “Incluso compara a los charros priístas, que ‘usan sus porros y golpeadores para mantener sus privilegios’, con la burocracia estalinista en la Unión Soviética. Ocultan la diferencia entre un instrumento directo del estado burgués, la CTM, y la burocracia gobernante de un estado obrero burocráticamente degenerado, la URSS.” En el número 22 de Spartacist en español, de 1989, cuando Norden era aún editor de nuestro periódico estadounidense Workers Vanguard y miembro del comité de redacción de Spartacist en español, en el artículo “Bazukazo contra los obreros mexicanos” sobre el ataque de Salinas contra el sindicato de petroleros, dijimos: “Muchos de los intelectuales radicales y liberales preguntan, ¿cómo se puede defender a este jefazo sindical, la personificación de los corruptos burócratas charros que han dominado a los sindicatos por décadas, y seguir llamándose un demócrata?... Los trotskistas, que comprendemos el carácter de clase de la URSS como un estado obrero a pesar de su degeneración burocrática bajo el dominio estalinista, y por tanto la defendemos contra el imperialismo, defendemos de la misma manera a los sindicatos contra los patronos a pesar de la burocracia entreguista que se asienta sobre estos reductos de poder obrero. Como escribió León Trotsky hace 50 años, ‘en el último análisis, el estado obrero es un sindicato que ha tomado el poder’ (En defensa del marxismo, 1939).” La política de la LCI siempre explicó cómo no existe ninguna diferencia cualitativa entre los charros priístas y sus contrapartes “democráticos”, porque nuestra política siempre ha estado basada en la lucha por la total independencia política y organizativa del proletariado respecto a todas las alas de la burguesía, no sólo del PRI sino también del PRD. Es el GI quien ha cambiado su orientación general, desertando del trotskismo revolucionario en busca de la satisfacción de sus apetitos oportunistas.
En México, el GI ha encontrado una fuerza burguesa a la cual capitular en el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas, sosteniendo la existencia de un “frente popular” alrededor de ese partido burgués. El GI presenta el término “frente popular” como una frase carente de significado concreto. Pero el término “frente popular” no es sinónimo de cualquiera y toda forma de colaboración de clases. En terminos marxistas, un “frente popular” es una alianza entre partidos obreros reformistas y partidos capitalistas para gobernar en un estado capitalista. La participación de los partidos obreros es usada para camuflagear cuál clase dirige y generalmente surge en situaciones donde la burguesía necesita apaciguar obreros combativos y descarrilar sus luchas. Mientras la dirección pro-capitalista de estos partidos reformistas (a los cuales Lenin llamó “partidos obrero-burgueses”) conscientemente aparece para el rescate del capitalismo en crisis, la base obrera que tienen estos partidos está motivada por una conciencia de clase reformista; esto es, rechazan a los partidos burgueses como representantes de los patrones pero incorrectamente ven a su partido reformista como capaz de alcanzar un reordenamiento socialista de la sociedad en los intereses de los trabajadores.
Pero en México no existe ningún partido obrero de masas; el mecanismo fundamental utilizado por la burguesía mexicana para mantener a la clase obrera subordinada ha sido la ideología del nacionalismo burgués, y no el “frente popular”. El PRD es un partido burgués, simple y llanamente.
El GI trata de utilizar una cita de Trotsky de 1938 en la que sostiene que el PRM de Lázaro Cárdenas era un “frente popular en forma de partido” para argumentar contra los espartaquistas. Los centristas pasan años buscando alguna cita que pueda, sacándola de contexto, justificar su política oportunista. Así, el GI trata de sacar de contexto esa afirmación de Trotsky para implicar que su posición sobre un “frente popular cardenista” actualmente tiene alguna base marxista, dada por Trotsky. Esto es una falsedad. En una conversación informal con algunos de sus colaboradores, que fue transcrita posteriormente, Trotsky dijo:
“El Kuomintang en China, el PRM en México, el APRA en Perú son organizaciones totalmente análogas. Es el frente popular bajo la forma de un partido.”
Esta es una formulación evocativa para describir a la burguesía apoyándose en el proletariado, pero no es precisa, y es precisamente por ello que aparece únicamente en esta transcripción de una conversación informal entre Trotsky y sus colaboradores políticos. En todos los escritos publicados de Trotsky acerca del Guomindang, es concienzudamente claro que era el partido de la burguesía nacionalista y previene en contra de la subordinación del proletariado a éste. Así mismo para México, Trotsky insiste que la cuestión paradigmática para los revolucionarios es la estrategia de la revolución permanente, contrapuesta al nacionalismo burgués que se expresa en la falsa perspectiva del “frente único antiimperialista”. Como escribimos en Espartaco núm. 10:
“¿Cuál puede ser la razón de la insistencia del IG sobre la supuesta existencia de un “frente popular” alrededor del PRD? Tal vez es instructivo considerar que Stalin justificó la liquidación suicida de los comunistas chinos en el Guomindang bautizando al partido burgués nacionalista como un “bloque de cuatro clases”. Escribiendo sobre éste en La internacional Comunista después de Lenin (1928), Trotsky dijo:
“‘La famosa idea de los partidos obreros y campesinos parece haber sido especialmente concebida para permitir el camuflaje de los partidos burgueses obligados a buscar un apoyo entre los campesinos, pero deseosos también de contar con obreros en sus filas. Desde este momento el Guomindang ha entrado para siempre en la historia como el prototipo clásico de un partido de este género.’”
La razón de la insistencia del GI en el supuesto “frente popular” cardenista, no es otra que obscurecer la naturaleza de clase del PRD, un partido burgués. El GI avienta por la ventana la perspectiva de la revolución permanente para inventar un “frente popular” con componentes de la clase trabajadora sólo para capitular al PRD burgués. La historia mexicana y la realidad actual presentan un gran problema para el GI al que ellos no pueden responder. Por siete décadas la estructura básica del corporativismo en la sociedad mexicana no cambió fundamentalmente. Durante un periodo breve bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas el gobierno se movió un poco a la izquierda para descarrilar el descontento de los trabajadores y del campesinado. Desde entonces, la estructura del estado corporativista se ha desarrollado en una dirección represiva y semi-bonapartista. Pero nada cambió fundamentalmente por siete décadas. Si, de acuerdo al GI, el predecesor del PRI, el PRM fue un frente popular, ¿cuándo y cómo éste dejó de serlo? Y ahora que a partir del 1° de diciembre el PRI dejará de estar en el gobierno, pero los sindicatos de la CTM todavía están afiliados a éste, ¿existe un “frente popular” alrededor del PRI?
¡Forjar un partido leninista-trotskista!
Los genuinos comunistas buscamos construir la más fuerte unidad posible de la clase obrera contra los explotadores capitalistas, por eso, nos oponemos a las divisiones gremiales en el proletariado, estamos por el sindicato de industria; es decir, todos los trabajadores, calificados y no calificados de una misma industria deben pertenecer a un mismo sindicato. Luchamos contra la escisión de la clase obrera en sindicatos competidores basados en diferentes tendencias políticas. La tarea de la vanguardia comunista es aclarar y agudizar las diferencias entre las tendencias políticas competidoras para reunir los cuadros para un partido leninista. En tiempo de Lenin, estas diferentes tareas políticas se reflejaron en diferentes formas organizativas: la Comintern compuesta de las organizaciones partidistas que representaban el singular programa político bolchevique, y la Profintern, que representaba la lucha por la unidad de la clase obrera en los sindicatos.
La historia ha mostrado que la clase obrera, con sólo su esfuerzo y experiencia cotidiana —sin la intervención de un partido leninista de vanguardia—, no puede desarrollar una conciencia más alta que la sindical; es decir, la necesidad de unirse en sindicatos para la lucha económica contra los patrones y el gobierno. Pero la conciencia sindical es conciencia burguesa. El sindicalismo, por sí mismo, no cuestiona el modo de producción capitalista, sino que busca mejores condiciones de explotación para los obreros en luchas contra patrones individuales y el gobierno. La lucha por la independencia genuina de las organizaciones obreras respecto de la burguesía requiere el forjamiento de un partido obrero revolucionario —el instrumento indispensable para la revolución proletaria—, que reúna a las masas oprimidas del campo y la ciudad tras el proletariado. Para este fin, es necesaria una lucha sin cuartel contra toda manifestación de la ideología burguesa en la clase obrera. Parte esencial de esto es desenmascarar a los falsos pretendientes a la bandera del comunismo, que no hacen sino perpetuar las ataduras de la clase obrera a “su propia” burguesía.
El papel de vanguardia de la clase obrera es central para la perspectiva marxista del socialismo mundial. Sólo la clase obrera tiene el poder social y la obligación de su claro interés objetivo para liberar al género humano de todo tipo de opresión. No teniendo interés alguno en la preservación del orden burgués, su enorme poder yace en su papel en la producción, su número y su organización. Como los bolcheviques de Lenin, nuestro propósito es fusionar elementos intelectuales y proletarios, para forjar el partido capaz de dirigir al proletariado a la toma del poder estatal. ¡Únete a nosotros!
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